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hacia su negación, hacia la crítica social y su realización.

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  Textos propios    2006
   
En respuesta al artículo de Anibal Fuentes Fort
titulado "Adiós Capital Ojalá"
(leer este artículo)

Ante los atentados del 11 de septiembre y leyendo en ellos metafóricamente el derrumbe del capitalismo global, el artículo del señor Fuentes concluye considerando que ha llegado la hora de crear un "parlamento mundial" que "establezca el fin del capitalismo".

No, por supuesto, del capitalismo a secas sino el del capitalismo delirante cuya insania sería curable, corrigible, reformable radicalmente ; un parlamento mundial que reconociera la inviabilidad de un capitalismo sin ley ni límite.

En definitiva, un parlamento mundial que estableciera un capitalismo razonable, no delirante, curado de su insania, un capitalismo que no estuviera concentrado únicamente en la plusvalía del beneficio, etc.

Dejemos de lado lo francamente absurdo no sólo de crear un parlamento mundial, sino de crearlo para que reconozca la inviabilidad de un capitalismo sin ley ni límite, es decir de un capitalismo que jamás ha existido, pues el capitalismo en el que históricamente vivimos hoy no solamente tiene una ley, en el sentido de una esencia que lo gobierna con mano de hierro en sus manifestaciones y en su expansión sino una ley en el sentido directamente policial, es decir ya no jurídico sino simplemente estatal, un Estado. Y éste, como forma general de la existencia social es el límite actual absoluto de la universalidad real del capitalismo, pues es él mismo esta universalidad, de modo que la supresión del Estado como tal no es esencialmente diferente del fin del capitalismo.

Esta aparente ingenuidad en la imaginación de un parlamento que decretara este fin sui generis del capitalismo tiene la furtiva gracia de considerar al capitalismo como una simple idea, o como una simple realidad discursiva cuya abolición pudiera entonces resultar tan sólo de algún parlamento – claro, mundial –, de sus enunciados y  de sus decretos.

Gracia furtiva pues tras esta aparente negación de la pretensión ontológica consustancial al capitalismo, negación que es, a mi modo de ver, una condición mínima de toda crítica radical del mundo de la mercancía, vuelve al galope la reafirmación de la intangibilidad del capitalismo, la discursiva esta vez y también la otra: de tal manera que el problema del capitalismo no es ya el capitalismo mismo, sino su insania y su irracionalidad, entre otras calamidades.

El capitalismo no solamente existe, cosa que frecuentemente el pensamiento dominante en el capitalismo no reconoce fácilmente hasta el punto de resultar hoy arriesgado para muchos el sostenerlo, sino que se afirma definitiva y rotundamente como única realidad, cosa que sí intenta éste por todos los medios establecer y demostrar, como muchas veces el loco su cordura y otras tantas el cuerdo su locura. Claro está, no toda la realidad, puesto que el capitalismo, para nuestro autor, es perfectible, reformable radicalmente hacia la racionalidad; remedio a su salvaje y ahora (?) escandalosa claudicación en cuyo expendio los sabios y la ciencia, la del XIX y del XX, pueden encontrar hoy un nuevo y exaltante empleo, por lo menos, parlamentario.

El empleo del verbo defectivo abolir, en la invocación final del texto del señor Fuentes ("abolición del capitalismo mundial") no es casual. Corresponde perfectamente a la visión exclusivamente jurídica de la realidad del capital así como al proyecto de fundar el capitalismo racionalmente en el derecho. Es decir, un derecho racional que cancela, abroga, rescinde no por cierto el capitalismo mismo sino ciertos aspectos salvajes de su independencia del hombre y de la vida. Que el derecho esté por sobre el capital, entre otras muchas cosas ¿no es ésta la "realidad" conceptual en la que se funda justamente la supuesta autonomía del derecho actual, derecho para el cual el capitalismo no existe? ¿No es éste el proyecto más acariciado del mundo capitalista; dominar sin que ello sea manifiesto, que de serlo, no se sepa, y que de saberse, no lo sea  más que confusamente?

El capitalismo no tiene ninguna existencia jurídica, o más bien su única existencia jurídica es el derecho mismo, su Estado, el Estado de derecho. De tal suerte que suprimir el capitalismo, el sistema del capital, es decir suprimir su salvaje independencia del hombre y de la vida, aquello que hace que el capitalismo sea lo que es esencialmente "producción creciente de la alienación de las fuerzas genéricas vitales del hombre y de la vida, de su manifestación general y particular",  redunda también, necesariamente, en la abolición (ahora sí) del derecho mismo en tanto que expresión jurídica abstracta de las condiciones y relaciones impositivas a través de las cuales el sistema del capital asegura, afirma y defiende brutal e intelectualmente esta su independencia en cada una de sus desastrosas consecuencias.

Lo que el señor Fuentes impide entender con su noción de abolición del capitalismo es la naturaleza particular y universal del capitalismo – aún cuando ésta fuera de orden exclusivamente jurídico,  la abolición se interesa sólo por su cancelación –, tampoco con ello permite el señor Fuentes ver la necesidad vital del análisis de esta naturaleza peculiar del capital y difícilmente con ello podría enterarse de la posibilidad no menos vital de su supresión.

Esta noción de abolición es una mínima alquimia que alía ilusoriamente una jurisprudencia expeditiva a una economía banal de reflexión. Una liquidación de bolsillo del capital que tiene de radical sólo la gracia de dejar en evidencia la impotencia que presupone su recurrente empleo.

El fin del capitalismo, en el sentido de nuestro autor, la abolición jurídica de su existencia, vale decir, la cancelación de su existencia jurídica es el fabuloso sueño inscrito en la naturaleza totalitaria del capital. Un capitalismo que no fuera sólo una parte o un modo específico de la realidad, sino un capitalismo que fuera directamente la infranqueable realidad o más bien que la realidad en sí misma fuera simplemente capitalista. Esta idealidad se manifiesta de manera aún más acabada que en el derecho en la "ciencia" y la conciencia económica de la sociedad actual (y de la cual el derecho en tanto que derecho comercial general forma fundamentalmente parte)

En este sentido, se puede decir que la "abolición" del capitalismo es una operación propia y a la vez imposible del capital, el secreto de su frenética e irrefrenable publicidad privada, el amargo sueño de su universalidad que la porfiada irreductibilidad "por defecto" del hombre a la mercancía disipa cada mañana, y también en buena medida el motivo central de su histórica e histérica expansión. Talón de Aquiles de su simulación de la totalidad. Los esfuerzos delirantes del capitalismo tendientes a abolir el capitalismo lo revelan en su verdad cada vez con mayor brutalidad.

La economía y el derecho junto a otras formas menos generales aunque no menos determinantes del pensamiento dominante son la expresión ideológica "verdadera" del capitalismo como idea y materialización del mundo del capital, como actividad; la secreta justificación pseudo científica y pseudo moral de su existencia.

El capitalismo es la idea fija del capital, su ideología realmente materializada. Una idea del mundo, el mundo de una sola idea, al mismo tiempo que el mundo de las ideas separadas que la mercancía consagra.

La compleja y hoy banal actividad por la que el capitalismo se materializa como mundo del capital, el comercio o lo que los franceses llaman échange, es genealógicamente un momento negativo y abstractivo de la sutil actividad genérico-individual de los humanos y que a través de la historia se ha impuesto como totalitaria totalidad de esta relación. Es esta la tiranía esencial en la que se funda permanentemente el capitalismo. Son los esfuerzos crecientes del capitalismo para la perfección de su ocultación, la simulación de su inexistencia, lo que al mismo tiempo revela la compleja naturaleza de su dictadura.

En el análisis de la génesis del valor de cambio, tanto en los escritos de Marx como en la opinión de Aristóteles, a la que frecuentemente se refiere el primero, se deja constantemente de lado el análisis de la unilateralidad del principio individual que la posesión excluyente introduce a partir de un objeto cualquiera en la recíproca mediación de las conciencias (o más bien de un no objeto, para distinguirlo de la mañosa noción de valor de uso a través de la cual Marx aloja subrepticiamente en el objeto mismo una nueva calidad "natural", su capacidad de cambio en tanto que valor).

La posesión excluyente como actividad genérica unilateral de mediación de los seres y las cosas no conoce su universalidad o su humanidad – la reciprocidad indivudual de la mediación genérica –, más que a través del reconocimiento abstracto de un derecho universal de todos a la posesión excluyente. Vale decir, la posesión excluyente reconoce la universalidad de la actividad genérica recíproca de mediación de los seres y las cosas como una calidad propia de los objetos de esta posesión.

El exilio de nuestras fuerzas esenciales en esta calidad o valor que el derecho perfecciona en la propiedad privada y que el capital materializa como mundo en el mundo es lo que hace que los objetos practiquen la humanidad en "nuestro lugar".

La progresión histórica del capital es idéntica y simultáneamente la manifestación de la humanidad al mismo tiempo que la reducción brutal de la realidad de esta humanidad al principio individual de la posesión excluyente que se expresa en la idea de l'échange así como en la idea de valor que sus términos concretos realizan.

Así como la propiedad privada no es nada sin el principio hereditario de su transmisión, el capital mismo no es nada sin este principio reductor de la realidad que es la propiedad privada y que el derecho precisamente consagra universalmente.

Y de la misma manera que el derecho consagra la propiedad privada como el límite infranqueable de la realidad social, la economía consagra la idea y los términos del échange como la realidad social misma.

La mejor crítica conocida hasta hoy del mundo del capital y de sus momentos, la crítica de Marx de la economía política clásica, fue, a pesar de todos sus esfuerzos, una crítica económica del capital consistente en la afirmación que la economía es la realidad del mundo, pero que solamente la concepción burguesa de la economía es falsa, en circunstancias que la economía es justamente la concepción burguesa del mundo.

El estado de la crítica teórica del mundo del capital, en este punto crucial, prácticamente no ha variado desde Marx hasta hoy. En los pocos autores postsituacionistas en los que se encuentra enunciada una crítica radical de la economía, en tanto que visión del mundo, resurge sin embargo contradictoriamente el punto de vista económico, particularmente a través de una concepción del échange " alfa y omega de la divagación económica " que lo erige en esencia de la actividad genérica de los hombres.

Ante esta identificación aún económica de la esencia de la actividad humana que esta crítica teórica del mundo del capital afirma a través de la idea del échange, puedo resumir mi parecer afirmando que el famoso échange es sólo un modo particular y unilateral de la actividad genérica de los humanos.

La actividad universal de mediación por la que lo existente se eleva de su inmediatez a la realidad de su relación con la totalidad se manifiesta originariamente en el "partage", en la reciprocidad individual de la actividad genérica de mediación que el partage esencialmente realiza.

El échange y su esencial unilateralidad es in nuce el capitalismo mundial. Suprimir el capital, proyecto, por decir lo menos, opuesto a esta "abolición del capitalismo mundial" de que habla el señor Fuentes en su artículo, es fundamentalmente la supresión de la inmediatez e independencia hoy prácticamente universal de la unilateralidad en la que consiste el échange mismo.

El derecho y la economía son la campana de vidrio del pensamiento y la acción; el único Arco cuyo derrumbe, ya en marcha, produce el terror capitalista. Las bombas del terrorismo contra el terrorismo, las bombas del capital – siempre inteligentes, pues son la más alta operación intelectual de que es capaz el capital al ocaso de su poder –, las reales y las virtuales, las de New York y las de Afganistán, las de España, las de Francia, las de Irak y las que vendrán tienen un objetivo espiritual primordial: el enceguecimiento "duradero" del pensamiento y de la acción ante la inminencia de su lúcida, generalizada y libre realización.


Rodrigo Vicuña

 
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