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Adiós Capital Ojalá

Los atentados de la mañana del día 11 de septiembre de 2001 contra las Altas Torres de Wall Street, en Nueva York, y contra el Pentágono, en Washington, suscitaron el inmediato repudio universal de los Estados y naciones del mundo, en el ejercicio de un enjuiciamiento moral y jurídico que, formulado en términos políticos y diplomáticos y fundado en los principios racionales de la moral y del derecho, no pudo por menos que condenar en este crimen la destrucción masiva de poblaciones inermes a través de operaciones de fulminadora violencia que transgreden no sólo el derecho a la vida de los seres humanos sino igualmente el derecho internacional que protege las poblaciones civiles aún en el fragor de la guerra.

Sin embargo, más acá y más allá y, aún, antes de tal enjuiciamiento, la operación misma de ejecución de los fulminantes ataques a Nueva York y Washington presenta características muy singulares y extraordinarias (inéditas hasta el presente) que requieren se preste atención a la operación por sí misma. Algunas de ellas, por lo demás, pueden tal vez introducir matizaciones y atenuaciones en el referido enjuiciamiento jurídico y moral que continuarán emitiendo las naciones, entidades políticas, autoridades religiosas, culturales e intelectuales de nuestro atribulado mundo sometido a las presiones de la así llamada globalización no menos que a los perniciosos efectos de un "orden" mundial abusivo, injusto, criminal e irrazonable: devastación de la tierra, contaminación masiva de la atmósfera y de las aguas, expansión elefantiásica de la miseria, junto a muchos otros males que la población mundial soporta con pasiva resignación y estupefacto conformismo.

Siento que no puede dejar de sorprendernos la instantánea nitidez, la intensa claridad, la perfecta y precisa univocidad que parece desprenderse de los actos ciegos de violencia que se concentraron en los tres golpes del 11 de septiembre. Regularmente la violencia resulta opaca y ciega, despojada de todo sentido hasta la absoluta carencia, incapaz de suyo de dotarse de la menor seña que pudiere conferirle alguna significación. La violencia corta el aliento, ahoga la palabra, suspende todo sentido. Pero en medio de esta suspensión y de este ahogo, el choque de los aviones contra las dos más altas torres del World Trade Center de Manhattan, seguido de su rápido derrumbe y pulverización, no menos que la mutilación, en Washington, de una de las cinco alas del Pentágono, bastión supuestamente intangible e inexpugnable, se reviste inmediatamente de sentido, poblándose de señas y mensajes que inmediatamente comenzaron a pulular por todos los rincones de nuestro ancho planeta globalizante desde el mismísimo instante en que la operación se produjo como masivo mensaje mediático mundial. Toda la operación violenta se ofrece pletórica de señas, señales y significados, a la vez que programadamente entregada a tal proliferación semiótica desde el momento en que los atentados acontecen simultáneamente, merced a las redes mundiales de la televisión, no sólo en Wall Street y en la ribera secreta del Potomac, sino a la vez en las pantallas y en las retinas de los miles de millones de cosmopolitas (todavía separados de toda ley o derecho universal cosmopolítico) que formamos este nuestro extenso mundo globaloide, cada vez más inmundo.

A pesar de la condición fulminante de la violencia del ataque (acompañada de una admirable precisión y eficacia en su ejecución de ingeniería); a pesar de la anonimia de la operación que sustrae a toda visibilidad no sólo los posibles sujetos y los eventuales responsables (y en este aspecto la frenética búsqueda e invención de autores y probables culpables: por ejemplo, algunos líderes de las guerrillas fundamentalistas del Islam, no hace más que intensificar dicha anonimia) sino asimismo todo posible discurso que en forma de manifiesto explicase al mundo el propósito y posible significado de los atentados; pese a todo ello la operación misma del ataque, que envuelve no sólo el golpe pulverizador a los tres blancos (las Dos Torres y un ala del Pentágono) sino asimismo la comunicación masiva del evento por la televisión mundial, emerge cargada de una evidente dimensión enunciativa, hasta el punto de que no parece posible comprender este acontecimiento (sin duda uno que marcará la historia de este siglo XXI que se inicia) si no se presta atención seria y seriada a esta su dimensión discursiva de mensaje que habla en medio y a través del compacto silencio de su violencia. En otras palabras, la operación violenta de los atentados del 11 de septiembre no puede ser entendida, en mi opinión, si se deja de advertir que ella configura a la vez una operación de escritura reproducida e inscrita masivamente por el planeta a través de las redes mundiales de la televisión. Una operación de escritura que emerge como un poema que narra y anuncia el derrumbe y la pulverización del capitalismo mundial, formulado metonímicamente tal orden globalizador internacional por medio de las más señeras cimas de Wall Street, ahora poéticamente pulverizado. Un poema que narra y anuncia simultáneamente la destrucción del cuerpo de la gendarmería planetaria del capitalismo occidental encarnada simbólicamente en el Pentágono.

¿Cómo leer este siniestro poema? ¿Cómo corresponder por la lectura a los mensajes inscritos en la destrucción y en sus imágenes proliferantes lanzadas como misivas a miles de millones de cosmopolitas? ¿Qué significa, qué quiere decir este poema que se hunde en el abismo de la violencia y la destrucción? ¿Pueden los golpes de unos aviones de transporte civil perversamente convertidos en poderosos misiles como aquellos que la superpotencia militar occidental ha exhibido en vitrina en sus pavorosas guerras de finales del siglo XX "las Malvinas, Irán, la guerra del Golfo, Yugoslavia, la guerra de Palestina" asumir el carácter de misivas, de discurso, de lenguaje dialógico? La réplica bélica que emprende el sistema militar occidental como una autoafirmación del orden inconmovible del capitalismo globalizador no ensaya, en mi modestísima opinión, ninguna lectura verosímil del poema, la carta, la misiva o el misil recibidos. Se trata visiblemente de una respuesta automática, ayuna de meditación y humanidad, que sólo intenta aprovechar los atentados en su beneficio como un argumento legitimador de su acariciado propósito de establecer como "teatro de guerra", en reemplazo del "teatro europeo", aquel extenso Arco previsto por los estrategas occidentales desde la época de la así llamada "guerra de las galaxias", Arco que reconoce como su núcleo el Asia Central y, como sus ramas, el Africa, la Europa, las Américas, el Oriente Lejano y el vastísimo mundo todo. El sistema capitalista militar occidental sólo parece poder engendrar la guerra, sólo parece poder querer una intensa y extensa guerra universal que, atendida su dimensión geopolítica planetaria, habría de asumir el carácter de Primera Guerra Verdaderamente Mundial (primera que por su condición de verdaderamente mundial, es decir, una que atañe directa y diferenciadamente a la totalidad del género humano, pudiera llegar a ser, ojalá, la última). Tal vez este monstruoso despliegue militar occidental de la superpotencia y sus aliados que regañan entre dientes pero adhieren forzados a su tiránico mandato, despliegue que intenta una demostración ajedrecística mediante la expansión general de hostilidades dirigidas contra el Asia toda (y a través de ella, contra todo el pobre mundo), tal vez este monstruo que amenaza e intimida a todas las poblaciones del planeta no logre conseguir otra cosa que una exhibición del carácter PALMARIAMENTE IRRAZONABLE de la guerra y sus infinitos pertrechos tecnocráticos, una demostración geométrica del ser EVIDENTEMENTE INSOSTENIBLE del capitalismo global y su liliputiense racionalidad unilateral de la plusvalía y el lucro y el mero beneficio subjetivo, y, por reacción, una INVOCACIÓN profunda y tronante de todas las fuerzas de la vida y la cultura de los hombres y de las naturalezas vivientes y magnéticas del planeta que claman desde las profundidades de su historia geológica y civilizada por una NUEVA VIDA fundada en el saber, el amor y la serenidad.

>La anonimia del ataque, su aparente y notoria y cuasi pública irresponsabilidad, a poco que se mire, resulta configurarse en una compleja red de contingencias que pueden asociarse al ejercicio continuo y compacto de la suprema potencia instaurada al término de la Gran Guerra en 1945, no menos que en una serie plural y abierta de resistencias que han ido jalonando todas las grandes guerras de la segunda mitad del siglo XX: Corea, Palestina, Cuba, Vietnam, Bolivia, Irán, Nicaragua, Irak, Yugoslavia... Pareciera cierto que los ataques del 11 de septiembre son anónimos y, por tanto, irresponsables. Pero lo que en ellos resulta indesmentible y evidente es su firma de sangre, la sustitución del manifiesto y la reivindicación discursiva por el acto de la inmolación y el sacrificio de una veintena o treintena de kamikazes. Siniestra firma de sangre que aspira al martirio y a arrastrar en su séquito a decenas de miles de neoyorquinos impávidos en su inocencia. (Dejo de lado en este punto el ataque al Pentágono que, al constituir un objetivo militar, torna impertinente el alegato en defensa de la población civil). Semejantes actos se resisten a toda censura. No se los puede mentir ni ocultar ni deformar. La paradoja está en que pueden ser anónimos, pero están firmados con la sangre y los huesos de la inmolación. ¿Martirio? No lo sabremos tan fácilmente. No se puede desentrañar esta anonimia que forma parte del mensaje-misil que es el contenido de los atentados, puesto que éste ha sido sometido desde las primeras horas de su expansión al ejercicio de una de las formas más fuertes de censura que se hayan conocido en la historia moderna. Nadie en el mundo puede saber en esta hora qué ha sucedido exactamente en Nueva York o en Washington (y quizá en otros lugares del mundo: Toulouse, por ejemplo) ni quién o quiénes se enfrentan con tal violencia al sistema orgánico mundial de la Policía Planetaria. De la Censura Central tan sólo emana la configuración expansiva de la Primera Guerra Verdaderamente Mundial (PGVM) que lucha contra un enemigo ficticio e inverosímil, pero persuasivamente identificado por los medios televidentes y anafóricos y percurrentes que administra tal Censura Atlántica General. La Primera Guerra Verdaderamente Mundial (ojalá la Última de todas) que se inició por la tarde del 11 de septiembre y cumplió el día 12, empleando fuerzas británicas y estadounidenses, la rutina de bombardear aquellas zonas del Irak que, desde la guerra del Golfo, resultan habitual y tolerablemente bombardeables, no se propone "oficialmente" otra cosa que arrinconar, liquidar, disipar una potencia "terrorista" enemiga, identificada masivamente a través de la televisión planetaria en la figura de un nuevo barbudo (diferente de Camilo, de Fidel, del Che) supuestamente religioso y fanático, un héroe aupado a la condición de tal por la propia Censura Universal en su combate de la invasión rusa de Afganistán, un chivo expiatorio que pudiera dar nombre, entre los ojos entontecidos de la atónita des-opinión mundial, a toda esta anonimia del atentado.

Bien cabría recordar que tal condición anónima (y con ella el rasgo de la irresponsabilidad) suele ser propia de la forma de existencia histórica de muchos poemas y mitos y leyendas, mas no parece posible eludir tantos otros poemas y cantos y gritos de guerra cuyo sentido resulta indisociable de la singular signatura marcada en la irrupción de su escritura. Creo que tal es el caso en el presente. Nada ni nadie, ninguna censura ni administración de la "versión oficial" podrá borrar, deformar u ocultar la firma inscrita con la sangre y la vida de los kamikazes. Su inmolación pueda alcanzar tal vez el grado del martirio o tal vez degradarse a la cobardía de un acto criminal y abusivo que entrega gratuitamente al sacrificio la vida de miles de seres humanos inocentes. Tal vez pueda esa autoinmolación empinarse a la altura de una epifanía iluminadora y deslumbrante, llevando consigo como mártires en ese movimiento a los miles de seres humanos fulminados por tal Rayo, o bien hundirse y decaer hasta la abyección del crimen horrendo comparable a tantos otros crímenes que la humanidad apenas sostiene en su memoria: Hiroshima y Nagasaki, Auschwitz y Treblinka, Vietnam y la "guerra sucia" en América Latina. Creo que es demasiado pronto todavía para dictar sentencia en este punto: el acontecimiento histórico del 11 de septiembre último, la contingencia actual que con los atentados de ese día se desata, continúa aún aconteciendo, y no resultan previsibles todavía ni sus límites ni su sentido histórico.

A la anonimia del atentado replica el sistema suprapotente del capitalismo militar occidental estableciendo una Censura Planetaria y un Régimen Policíaco Mundial que administra la configuración mediático-masiva de un enemigo ficticio susceptible de "legitimar" la instalación del Arco como "teatro de guerra" perdurable para el siglo XXI, no menos que la iniciación ejecutiva de todas las acciones y programas que permitan el despliegue de la PGVM: intensificación de la guerra palestino-israelí, expansión de las guerras civiles en el Asia Central, provocación programada de las grandes potencias asiáticas (India, China, Japón), justificación de nuevas intervenciones del Pentágono y sus aliados en Africa y América Latina, ejercicio de "razzias" internacionales en contra de los "terroristas" europeos de los Balcanes, Italia, España, Irlanda y tantas otras regiones de la Europa occidental, central, nórdica y oriental. Cuando la superpotencia (asistida en ello a regañadientes por sus aliados y amigos de Europa y América Latina) identifica al "enemigo universal" recurriendo a unas señas discursivas que giran vertiginosa y recurrentemente por el magma mediático-masivo planetario: el "terrorismo", el "fundamentalismo islámico", la "guerrilla" internacional " a la masiva muchedumbre de los cosmopolitas desarmados de cualquier organismo que pudiese defenderlos del abuso, que pudiese proteger no sólo a las naciones y las culturas sepultadas y desplazadas por la invasión del globo capitalista, que pudiese defender los paisajes, los ríos, la atmósfera, los mares y los bosques y la vida de la tierra, a esta mayoritaria multitud discriminada y excluida por el capitalismo globaloide no puede sino irrumpirle una pregunta: ¿Quiénes son los terroristas? ¿Cuál es el peor de los fundamentalismos? El terrorismo más perturbador que se haya conocido no es el de los anarquistas ni el de los guerrilleros, sino el TERRORISMO DE ESTADO, ese terrorismo ejercido mil veces por el propio Pentágono y por las agencias del capitalismo transnacional que ejecutó un 11 de septiembre de 1973 el asalto al Palacio de la Moneda y su bombardeo, invadió la República Dominicana, asaltó a Cuba, asesinó a Lumumba y cometió mil otros crímenes aún más horrendos que los mencionados. ¿Fundamentalismos? ¡Qué duda cabe que el peor de todos, el más destructivo y criminal, el máximo pervertidor de la cultura de los hombres y de la vida de la tierra no es otro que el simplicísimo capitalismo mundial que se gobierna por la ínfima racionalidad del plusvalor y el beneficio, relegando y desplazando hacia la aniquilación todas las otras formas de vida, pensamiento, cultura, comunicación! Un fundamentalismo que jamás ha trepidado en el ejercicio de la violencia más extrema contra aquello que se le oponga, que ha acudido históricamente a las formas más criminales de la exclusión. Todos los mayores crímenes que la humanidad moderna recuerda y condena surgen de este fundamentalismo insoportable e insostenible. Acaso los argumentos que el sistema occidental esgrime ahora (liquidación del terrorismo y el fundamentalismo) resulten válidos en la letra, pero interpretados en un espíritu que se vuelve contra el propio sistema del capitalismo militar suprapotente, exhiben hasta qué grado este sistema militar capitalista occidental que forma el núcleo central del terrorismo y constituye el más intolerante y demencial de los fundamentalismos resulta ser aquel cuya demolición y abolición se enuncia y anuncia de forma siniestra en los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Poco tardarán la OTAN y el TIAR en sumarse a las demenciales falsas maniobras que la superpotencia ejecuta para configurar el Arco a partir del cual se jugará la Primera Guerra Verdaderamente Mundial (PGVM): acto de autoafirmación de la poderosa potencia que, sin contrapeso ni medida, y acudiendo, tal como ha anunciado Bush, a todas las armas, incluidas las más atroces e ilegales, atacará a todas las naciones, culturas, lenguas y formas de vida del Planeta, procurando establecer por modo aniquilante el predominio de la norma regular del capitalismo mundial. No dejarán de adherir a tales criminales maniobras todas las potencias y poderes nacionales e internacionales que bajo sus nombres y siglas espantables pretenden representar y encarnar a los pueblos, las naciones, las economías, las culturas de nuestro atribulado y desamparado Planeta. La deplorable ONU, organismo datado y fechado y maniatado surgido de la última Gran Guerra de Europa, no trepidará en asumir su ya histórica postura reptil al servicio del poder de los poderosos. En su gigantesca máquina burocrática no cabrá ni una sola página de grandeza, de humanidad, de vida. Todos esos poderes se agolparán entre las vísceras del inmundo poder mundial que pretende reducir el mundo todo a una única y ridícula regla y razón: la del beneficio, el lucro, el plusvalor. Unidos a la OTAN, al TIAR, a la ONU, marcharán como autómatas en defensa del capitalismo irracional todos los G8, BM, FMI, OCDE, OEA, secundados servilmente por los convenios comerciales de todas las regiones del inmenso Inmundo.

¿Qué podemos hacer y decir los cosmopolitas ante una agresión tan sistemática como estúpida que amenaza no sólo nuestras vidas y la de nuestros hijos sino la vida misma del planeta? Nada ni nadie nos protege. Ninguna de las organizaciones internacionales, las que pretendidamente encarnan los cuerpos humanos de las sociedades civiles de este postulado mundo, ninguna de ellas nos protegerá. Ha llegado la hora y el tiempo histórico para la formación, la génesis de un imponente PARLAMENTO MUNDIAL que no sólo se oponga a la guerra y postule la paz, no sólo desplace a la indigna ONU y a los otros organismos inmundos de nuestro actual "mundo", sino permita ante todo el diálogo entre las culturas planetarias que esta expansión europea iniciada hacia el siglo X u XI no ha permitido hasta ahora. Un PARLAMENTO MUNDIAL que asuma la ciencia del XIX y el XX, no menos que el saber tradicional de nuestro mundo que se concentra en aquellos paradigmas que se llaman Jesús, Buda, Moisés, Sócrates, Mahoma, Lutero, a los que deben añadirse aquellos ejemplos de la palabra (una mera parábola) que se llaman Sófocles, Lao-Tse, Dante, Shakespeare, Cervantes, Omar Khayam, Goethe, y tantos otros miles de miles de poetas. Un PARLAMENTO MUNDIAL que establezca el fin del capitalismo delirante, que pueda curar a este capitalismo de su insania, dando fuerzas a la pluralidad. Un PARLAMENTO MUNDIAL que pueda reconocer el carácter insostenible e inviable e irrazonable de un capitalismo sin ley ni límite, únicamente concentrado en la plusvalía del beneficio. Ahora, cuando asistimos a la época terminal del proceso histórico de la expansión planetaria de la cultura europeo-occidental conducida a través de la pervasiva explosión temporal y geográfica del mercantilismo y el capitalismo, cuando esta cultura greco-latina y judeo-cristiana de histórica inspiración etnocéntrica e imperial reconcentrada en su avasallador esquema onto-teo-antropo-lógico presenta y ofrece ante todas las culturas milenarias y autóctonas de la humanidad, aparentemente olvidadas y desplazadas, su doble y trágica faz: el proceso inmanente de su decrepitud interna gobernada por el nihilismo radical de su verdad primordial, juntamente con el resplandor aparentemente triunfal de la técnica moderna encarnada en el predominio aparentemente irresistible del capitalismo global, ahora, en este momento crucial de la historia de la humanidad aquellas culturas milenarias y autóctonas exhiben la plenaria potencia y lozanía de su esencia espiritual, la que, desmintiendo su condición aparentemente tradicional, conservadora y arcaica, redunda hacia una reforma radical, perfectamente razonable y natural del capitalismo salvaje que actualmente las desplaza, disloca y sepulta.

Los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y en Washington tienen un inocultable sentido político (y, más aún, cosmopolítico). El significado evidente y masivamente visible de su operación: 1) DERRUMBE DEL CAPITALISMO OCCIDENTAL MUNDIAL; 2) DESTRUCCIÓN DEL SISTEMA MILITAR QUE DEFIENDE AL CAPITALISMO FUNDAMENTALISTA, exige de la opinión mundial, comoquiera que ésta pudiese llegar a expresarse e independientemente de quienes pudieren resultar en la especie ser los autores o responsables o culpables de estos enunciados de relevancia planetaria, exige de los intelectuales y de los sabios, de los artistas y trabajadores, de los popes y papas religiosos, de los políticos y responsables de políticas públicas, de todos los sujetos que pudiesen representar o encarnar una pluralidad significativa de personas, UNA DECISIVA TOMA DE POSICIÓN: Contra la guerra, contra el abuso de poder, contra el militarismo, contra toda las armas y su moderna sofisticación: Por la Paz y por la Vida del Mundo: ¡ABOLICIÓN DEL CAPITALISMO MUNDIAL!

Aníbal Fuentes Fort

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