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La sutil ideología

La extensión de la noción de economía a toda suerte de cosas, desde hace dos siglos, parece seguir como a su sombra el movimiento de mundialización del capital. Donde quiera que el capital se manifiesta, opera, especula, masacra, la economía tal una antigua deidad o una moderna madrastra acude y socorre a su invencible héroe. Hace la moral a la despreocupación, a la indolencia, a la bestialidad del capital, mientras distribuye, compensadora, a los impotentes sujetos de éste, largos y confusos razonamientos entre otros parabienes "necesarios" y devastadores con el fin de dejar bien establecida la perfecta normalidad de su loco protegido y de mejor prevenir sus crisis.

Pero cuando la loca velocidad del capital alcanza prácticamente la de la luz, sino la del pensamiento, esta su sombra no logra seguirlo; fijos y ciegos como una pantalla gigante, los trasnochados y bizantinos razonamientos de la economía se resuelven y condensan en la seguridad total, el control de todo, con el fin de evitar todo contacto directo entre la alienación genérica que es el capital y sus individuos esclavos. Mientras los neones del furor capitalista iluminan sin mediación ya los rostros de los esclavos ya el corazón de sus fideles.

Nunca la idea de la economía estuvo tan cerca de su realización como en el país de los soviets, pero en ninguna otra parte ella ha beneficiado hasta ese punto de un sistema policíaco tan total, a tal extremo que hoydía resulta prácticamente ridículo distinguir la una del otro.

La economía no es una realidad autónoma, y los esfuerzos inhumanos hechos por la burocracia no solamente soviética durante más de sesenta años, tendientes a transformar la historia social de las regiones controladas por ella en una pobre realidad económica, tenían como objetivo primordial la liquidación de una verdadera revolución social que desde fines del siglo pasado y abiertamente desde 1905 había estallado tanto en Rusia como en México, volviéndose luego amenazante en toda Europa, especialmente en Alemania y Hungría, y más tarde en España. La idea de la economía, reelaborada críticamente por Marx y transformada acríticamente por el marxismo en una ciencia particular y finalmente utilizada por el capital como su ultima ratio es similar por sus intenciones a la idea, más rústica y circunstancial, de la revolución permanente. La "revolución permanente", es decir, una revolución que no acontece, promovida por uno de los principales responsables de la masacre de los marinos de Cronstadt, un tal Trotzky, se ha traducido en los hechos desde ese entonces como la liquidación permanente de los partidarios de la revolución.

La dominación real del capital es universal, pero lo es de una manera fundamentalmente particular, y no tiene en cuanto a su forma una apariencia de universalidad sino gracias a la ciencia económica. Para que esta apariencia sea total, sino definitiva, es necesario que el capital aparezca sólo como una parte de la realidad económica de la cual esta ciencia es la ciencia.

Así, la ciencia económica tiene por objeto algo mucho más presentable que el capital, menos brutal, sin olor y sobre todo verdaderamente universal: la realidad económica. Y así, para los hombres en general, vivir en la "realidad económica" parece ser ilusoiriamente mucho más seguro, en todo caso menos peligroso que vivir en el capital!

El capital parece padecer así del famoso complejo del "sapo", se sacrifica por la economía apareciendo como una simple segunda persona de la realidad económica, humildemente. Ya no es entonces la ley del capital que hace la ley. Su ley es ahora pretendidamente las leyes de la economía.

De hecho, ciencia, realidad o simple idea, la economía es sólo el discurso táctico (el discurso estratégico del capital es aquél espectacular del espectáculo y de su teoría) que el capital impone sobre sí mismo. La economía es el principio ideológico del capital de la misma manera que el Estado es el principio jurídico de la mercancía. Otra puta que no es jamás pública.

Lo primero, que salta a la vista cuando se mira la historia relativamente reciente del capital es que los progresos conquistadores de éste pueden resumírse en los progresos constantes de su autodivisión en capital industrial y capital comercial, siguiendo en esto el doble carácter de su protoactividad. En efecto, esta división opera entre regiones primero, luego entre regiones y ciudades, luego entre ciudades al interior de un país, después entre países de un continente a otro, finalmente entre grupos de países al interior del mundo. De tal manera que es el mundo en su totalidad que se encuentra unificado por esta división. En las zonas en donde el capital se ha liberado, relativamente, de su base primera, del trabajo industrial en tanto que objetivación de una fuerza humana calculable (el tiempo socialmente necesario del cual hablaba Marx para determinar el valor), la economía en tanto que ideología del trabajo, en tanto que ciencia y pretendida realidad, deviene el saber y la realidad del Estado. Dicho de otra manera, la razón económica del capital ha llegado a ser, en esas zonas, simple razón de Estado. La economía es el Estado y el Estado es la economía.

El Estado es la unidad concreta de la división capitalista del mundo. Reune en él, esta vez bajo una forma superior, aquella de la universalidad, el doble aspecto de la actividad del primer capitalista. En este sentido, el Estado sigue siendo por el momento la conquista propiamente fundamental del capital en la medida en que por su mediación el capital logra la universalidad concreta que la economía le ofrecía sólo idealmente.

Cuando las legiones de trabajadores miserables se transforman en el blanco principal de la conmercialización de los productos que ellos mismos producen, cuando la explotación desenfrenada de la naturaleza por la industria se dobla de la explotación progresiva y eventualmente infinita de las necesidades ortopédicas y compensatorias de la supervivencia neurótica de los trabajadores, cuando la industria ella misma se orienta hacia la explotación de estos "terrenos subjetivos", en fin, cuando la totalidad de los aspectos de la vida puede ser tratada por el capital y que en suma éste ha llegado a ser la relación social dominante entre individuos absolutamente privados, no se trata allí del desarrollo autónomo del Estado o de la mercancía, ni menos aún del desarrollo autónomo de la economía o del espectáculo como lo querían los situacionistas y en particular Debord, ni tampoco del desarrollo autónomo de la comunicación alienada (Voyer) o del capital liberado (Trillaud) sino sencillamente del desarrollo para nada autónomo de la alienación social, de la alienación de la actividad genérica de los individuos, del desarrollo de la diferenciación del género y del individuo a través del cadáver constante de la mercancía.



Rodrigo Vicuña

 
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